Los pacientes fueron llevados a un nuevo hogar en Minas Gerais, tras décadas de historia marcada por abandono, encierro y vulneración de derechos humanos.
- Redactor
- 02:38 pm, 26 de mayo, 2026
- Mundo

El Hospital-Colonia de Barbacena cerró definitivamente sus puertas. Fue un antiguo manicomio de Brasil. Allí murieron cerca de 60.000 internos. El Gobierno de Minas Gerais trasladó a los últimos 14 pacientes supervivientes a un nuevo hogar. Todos son ancianos. También padecen enfermedades, no tienen familia y arrastran secuelas de décadas de encierro. La medida cierra una etapa marcada por internamientos forzados, abandono estatal y graves violaciones de derechos humanos.
El centro nació como sanatorio para ricos. En 1903, pasó a funcionar como manicomio. Durante décadas, recibió a personas que la sociedad quería apartar. Allí terminaron alcohólicos, epilépticos, homosexuales, madres solteras, prostitutas, niñas consideradas rebeldes y personas inconformes. Muchas de esas personas no tenían una enfermedad mental. Aun así, familias, patrones o autoridades las encerraron. El motivo era social, no médico. No encajaban en las normas de la época.
El cierre tuvo un gesto simbólico. Un candado quedó colocado en la puerta principal del antiguo hospital. Bento, una de las víctimas, definió el momento como una reparación histórica. Con la salida de los últimos 14 pacientes, terminó el traslado progresivo de más de un centenar de supervivientes. Muchos recibían atención humanizada desde hacía años. Sin embargo, seguían dentro del mismo lugar que marcó su historia de dolor.
Los últimos residentes fueron llevados a una vivienda rural de Barbacena, conocida aún como la ciudad de los locos. Algunos supervivientes anteriores lograron volver con sus familias. Otros pasaron a comunidades terapéuticas creadas en la misma ciudad. Allí viven en pequeños hogares, en grupos, bajo cuidado profesional.
El secretario estatal de Salud de Minas Gerais, Fábio Baccheretti, explicó que incluso quienes reciben buenos cuidados necesitaban salir del lugar donde fueron depositados. Señaló que permanecer dentro del antiguo manicomio mantenía una carga simbólica difícil de superar. En el predio funciona además el Museo de la Locura, que expone la historia de lo ocurrido.
Durante buena parte del siglo XX, Barbacena operó como un depósito de personas consideradas indeseables. Miles murieron de hambre, frío y diarrea. En varios periodos no había médicos ni enfermeras, solo guardias para vigilar a internos desnudos en celdas y patios. Muchos dormían en círculos para darse calor durante las noches frías.
El hospital aplicó prácticas como contención forzada, castigos, lobotomías y electroshock. También hubo tratamientos reducidos a pastillas rosas o azules, según los síntomas.
La falta de agua potable y la alimentación en malas condiciones agravaron el deterioro. El lugar tuvo cementerio propio y cerca de 2.000 cadáveres fueron vendidos a universidades. En 1979, el psiquiatra Franco Basaglia comparó el lugar con un campo de concentración nazi, una denuncia que impulsó reformas psiquiátricas en Brasil.
Via: masencarnacion